Por el P. Hervé Belmont.
Cabe señalar también que, en este número, no se continúa con la controversia sobre las consagraciones episcopales. A decir verdad, nunca fue nuestra intención entrar en una controversia: solo la necesidad de corregir una expresión realmente errónea de nuestro primer texto (expresión que se había añadido apresuradamente, en el último momento, lo que nunca es buen trabajo) nos llevó a volver sobre el tema.
Para nosotros, tras largas reflexiones, la causa está clara: simplemente queríamos expresar que no se podía contar con nosotros para embarcarnos en esta aventura ni para aprobarla de ninguna manera, ni con palabras ni con hechos. ¿De qué sirve, en efecto, haber luchado durante más de veinticinco años contra los fermentos de disolución de la unidad de la Iglesia (1) a medida que aparecían en la realidad o en la conciencia, para luego entregarse uno mismo a este juego mortal?
¿De qué sirve haber rechazado sucesivamente todo lo que rompe la triple unidad católica:
– la libertad religiosa, la falsa concepción de la Iglesia enseñada en el Concilio Vaticano II, la adhesión a Juan Pablo II [falsa regla de la fe] y las divagaciones de los tradicionalistas sobre el Magisterio, que disuelven la unidad de la fe;
– la reforma litúrgica de Pablo VI, el una cum y el carismatismo, que disuelven la unidad del orden sacramental;
– la adhesión a una pseudoautoridad, el conclavismo, el carismatismo de nuevo y la supuesta justificación de la desobediencia, que disuelven la unidad jerárquica...
... ¿de qué sirve entonces, si por nuestra parte hacemos algo análogo?
Es precisamente la unidad jerárquica de la Iglesia católica la que está en juego. Esta jerarquía es una y se ordena según dos razones diferentes: el orden y la jurisdicción. La unidad de estos dos aspectos existe en el episcopado que, solo por institución divina, ocupa simultáneamente un lugar en la jerarquía de orden y en la jerarquía de jurisdicción.
El episcopado es, pues, el «ladrillo elemental» con el que se construye la jerarquía de la Iglesia. En consecuencia, nombrar a un obispo es crear una jerarquía; y si ese obispo no es nombrado por el Papa —único fundamento de la jerarquía católica—, es crear otra jerarquía. No hay de otra.
Para expresar lo mismo de manera «existencial», podemos decir que en la crisis de la Iglesia que estamos viviendo, en esta crisis que agravamos con nuestros pecados, en esta crisis que sufrimos, hay que saber dónde poner el límite en cuanto a las decisiones que hay que tomar y las actitudes que hay que adoptar para conservar la fe y la pertenencia a la Iglesia católica. En cuanto a negarse a reconocer la autoridad de Juan Pablo II, no hay que tener ningún reparo: la fe impera claramente; solo hay que hacer verificaciones, verificaciones serias, porque el asunto es gravísimo. La prolongación del mismo imperium de la fe limita el juicio a la cuestión de la autoridad, dejando de lado a las personas, su estado, su culpabilidad, su pertenencia a la Iglesia.
Pero en cuanto a la actitud práctica que se debe adoptar, el abanico de posibilidades es amplio, y la distancia es grande entre, por un lado, la peligrosa abstención de toda vida sacramental y, por otro, la loca iniciativa de reunir un «cónclave». Ante este abanico de posibilidades, lo peor sería decidir según el propio criterio. Solo la práctica de la Iglesia y la teología de santo Tomás de Aquino (2) pueden ofrecer un criterio seguro de elección, y resulta que ambos coinciden en marcar la frontera entre el ejercicio del sacerdocio, por un lado, y el acceso al episcopado, por otro. El primero, de orden esencialmente sacramental, puede ser objeto de una suplencia de la Iglesia; el segundo, de orden esencialmente jerárquico, no.
Nos invade el temor de que el episcopado autónomo se convierta en un desastre inmenso e irreparable: por eso, en el presente número no se encontrará nada que disminuya o contradiga lo que ya hemos escrito; por otra parte, la controversia ha tomado un giro que no nos agrada, aunque solo sea porque cabe preguntarse legítimamente: «¿se evangeliza a los pobres?». Es evidente que nuestra oposición a las consagraciones episcopales «no resuelve nada». Su objetivo no es aportar soluciones a un problema que nos supera infinitamente, sino garantizar la fidelidad a la santa voluntad de Dios mediante la fidelidad a su Iglesia: esto siempre es posible y necesario. En cuanto a la angustia que se puede sentir ante la dificultad de la vida sacramental y la cuestión de las vocaciones (3), es la cruz que hay que llevar con valentía en unión con la de Nuestro Señor.
