sábado, 27 de diciembre de 2025

Discurso de Pablo VI al consistorio secreto del 24 de mayo de 1976



Presentamos abajo un documento clave para resolver la cuestión de la autoridad de Pablo VI y del Concilio Vaticano II. En este discurso el falso papa afirma que:
  • la nueva "misa" fue promulgada para reemplazar la Misa tradicional con una autoridad "similar" a la del Papa San Pío V al promulgar esta última, y que

  • "todas las demás reformas litúrgicas, disciplinarias y pastorales" del Concilio demandan obediencia con la misma autoridad suprema que "viene de Cristo Jesús (a Pablo VI)".

Con ello se pone de manifiesto, por si los hechos no fuesen abundantemente claros, que Pablo VI pretendió empeñar toda su supuesta autoridad al promulgar esas doctrinas y medidas disciplinarias, las cuales son reconocidas como malas, escandalosas o incluso heréticas por todos los tradicionalistas, sedevacantistas o no. Que un verdadero Papa haga tal cosa es imposible, en virtud de su carisma de infalibilidad y de la Santidad de la Iglesia.

Obsérvese también la fecha de pronunciamiento de este discurso, a 10 años de cerrado el Concilio y a 7 de promulgada la nueva "misa". Es decir, aquí no se trata de hechos aislados atribuibles a la debilidad humana o a pasajeras malas influencias, sino a la falta de intención habitual de procurar el Bien común de la Iglesia, la cual es una condición necesaria para poseer la Autoridad Papal.

De paso, este documento desmantela una gran falsedad afirmada por Benedicto XVI en su motu proprio Summorum Pontificum, en el cual podemos leer:
Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, que nunca se ha abrogado, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia.

Este astuto embuste ha circulado sobre todo entre los fieles de las comunidades Ecclesia Dei, quienes echan mano de él para justificar su afición la Misa Tradicional sin traicionar la supuesta autoridad de los "papas" conciliares. Que estos fieles se desengañen meditando en las siguientes palabras, en las cuales no cabe lugar a dudas: Pablo VI pretendió abrogar la Misa Tradicional con todo el peso de su supuesta autoridad.

Traducido del italiano original. El énfasis es nuestro. Sin más, he aquí el texto:

Venerables Hermanos Nuestros,

Desde el día en que, hace ya más de tres años, al fijar el número de Cardenales electores, cubrimos las vacantes producidas en vuestro Colegio, este ha sufrido dolorosas pérdidas de nuestros Hermanos, a quienes todos recordamos con afectuoso pesar; por otra parte, además, algunos de sus miembros han alcanzado la edad establecida, por lo que ya no pueden participar en la elección del Romano Pontífice. Por ello hoy os hemos convocado para crear nuevos Cardenales; y, al mismo tiempo, tanto para promulgar nombramientos episcopales, como para pediros que pronunciéis el voto definitivo sobre las causas de canonización de tres Beatos, como finalmente para recibir las postulaciones de los palios.

Son aspectos tradicionales y conocidos de cada Consistorio; pero no por ello menos sugestivos, en su significado eclesial y en sus evocaciones históricas, hasta el punto de hacer que cada celebración de este acontecimiento de la Iglesia romana resulte siempre de singular interés. Sí, el Consistorio es un momento particularmente importante y solemne. Os vemos compenetrados, con vuestra participación y vuestra presencia; y por ello, ante todo, os damos las gracias.

I. Para centrarnos en el asunto que hoy polariza más la atención de la comunidad católica, e incluso de toda la opinión pública —la creación de nuevos cardenales—, queremos subrayar que, con ello, hemos querido no demorar más en atender las necesidades del Sagrado Colegio, máxime tras la publicación de la Constitución Apostólica «Romano Pontifici eligendo», en la que hemos destacado las tareas particulares y supremas de sus miembros, llamados a la elección del Papa. Y al cubrir las vacantes, como decíamos, hemos seguido los criterios que más nos interesan: la representatividad y el carácter internacional del Sagrado Colegio. Quiere y debe este presentar al mundo la imagen más fiel posible de la santa Iglesia Católica, reunida de los cuatro vientos en el único redil de Cristo (Jn. 10, 16), abierta a todos los pueblos y culturas, para asimilar sus valores genuinos y ponerlos al servicio de la buena causa del Evangelio, que es la gloria de Dios y la elevación del hombre. Así pues —además del debido reconocimiento a los fielísimos servidores de la Sede Apostólica en las Representaciones Pontificias y en la Curia Romana— hemos pensado ante todo y sobre todo en las sedes residenciales, dirigiendo especialmente la mirada hacia las jóvenes comunidades de futuro prometedor y luminoso, en igualdad de condiciones con aquellas de pasado ilustre y de historia secular, rica en obras y santidad. Es como una mirada panorámica que abarca todo el horizonte del mundo, donde la Iglesia vive, ama, espera, sufre y lucha: nadie, desde los confines más extremos del horizonte, ni siquiera desde las tierras más remotas, está ausente. Si bien hoy la representatividad de las Iglesias orientales parece reducida, esto no significa que nuestra estima y consideración hacia esas regiones sea menor, pues fueron la cuna de la Iglesia y aún custodian con celo sus invaluables tesoros de piedad, Liturgia y Doctrina. En sus Pastores, los Patriarcas, muy amados por nosotros, junto a sus colaboradores de los respectivos santos sínodos patriarcales, encuentran aliento, luz y fuerza de cohesión. De hecho, nos complace aprovechar esta ocasión para testimoniarles nuestra más que afectuosa benevolencia, asegurándoles nuestro recuerdo, nuestra veneración y nuestras oraciones.

II. El Consistorio, como decíamos, es un momento particularmente grave y solemne en la vida de la Iglesia, que se desarrolla en el tiempo: y no podemos dejar pasar esta ocasión, que nos acerca a vosotros, sin tratar en vuestra presencia aspectos y cuestiones que nos importan profundamente y que consideramos de gran importancia; sin compartir con vosotros los sentimientos que albergamos en lo más íntimo. Son sentimientos de gratitud y alegría, por un lado, pero también de preocupación y dolor por otro.

1) El primer sentimiento nace de ese optimismo innato —basado en las promesas infalibles de Cristo (cfr. Mt 28, 20; Jn 16, 33) y en la constatación de fenómenos siempre nuevos y alentadores— que habitualmente alimentamos en el corazón: es la vitalidad, la juventud de la Iglesia, de la que tenemos tantas señales. Lo hemos comprobado en el reciente Año Santo, que aún irradia su influjo en nuestro espíritu. La esencia de la vida cristiana está en la vida espiritual, en esta vida sobrenatural que es don de Dios: y tenemos el mayor consuelo al verla desarrollarse en tantos países, en el testimonio de la fe, en la Liturgia, en la oración redescubierta y saboreada de nuevo, en la alegría custodiada en la claridad de la mirada espiritual y en la pureza del corazón.

Además, vemos cómo se desarrolla cada vez más el amor entre hermanos, inseparable del amor a Dios, que inspira el creciente compromiso de muchos de nuestros hijos y su profunda solidaridad con los pobres, los marginados y los indefensos.

Vemos cómo las líneas trazadas por el reciente Concilio guían y sostienen el esfuerzo continuo de adhesión al Evangelio de Cristo, en un empeño por la autenticidad cristiana, en el ejercicio de las virtudes teologales.

Vemos con conmovida admiración el florecer de las iniciativas misioneras y, sobre todo, tenemos señales indudables de que, tras un período de estancamiento, incluso el sector más delicado y grave como el de las vocaciones sacerdotales y religiosas, muestra una recuperación indudable en varios países.

En todos los continentes vemos a muchos jóvenes responder con generosidad y de manera concreta a las exigencias del Evangelio, demostrando un esfuerzo por alcanzar una coherencia absoluta entre la grandeza del ideal cristiano y el deber de llevarlo a la práctica.

¡Sí, venerados Hermanos nuestros, verdaderamente el Espíritu actúa en todos los ámbitos, ¡incluso en aquellos que parecían más áridos!

2) Pero también hay motivos de amargura, que no queremos ocultar ni minimizar. Surgen estos especialmente de la evidencia de una polaridad, a menudo irreductible en ciertos excesos, que manifiesta en distintos ámbitos una inmadurez superficial, o bien una obstinación testaruda, en definitiva, una sordera amarga ante los llamados a ese sano equilibrio conciliador de tensiones, que partiendo de la gran lección del Concilio, ya llevan más de diez años.

a) Por un lado, están aquellos que, bajo el pretexto de una mayor fidelidad a la Iglesia y al Magisterio, rechazan sistemáticamente las enseñanzas del propio Concilio, su aplicación y las reformas que de él se derivan, así como su gradual implementación por parte de la Sede Apostólica y de las Conferencias Episcopales, bajo nuestra autoridad, querida por Cristo. Se desacredita la autoridad de la Iglesia en nombre de una Tradición a la que solo se rinde respeto de manera material y verbal; se aleja a los fieles de los vínculos de obediencia hacia la Sede de Pedro y hacia sus legítimos Obispos; se rechaza la autoridad de hoy en nombre de la de ayer. Y el hecho es tanto más grave, cuanto que la oposición de la que hablamos no solo es alentada por algunos sacerdotes, sino encabezada por un Obispo, a quien sin embargo siempre hemos venerado, Monseñor Marcel Lefebvre.

Es tan doloroso notarlo: pero ¿cómo no ver en tal actitud —cualesquiera que sean las intenciones de estas personas— situarse fuera de la obediencia y comunión con el Sucesor de Pedro y, por tanto, con la Iglesia?

Porque esta, lamentablemente, es la consecuencia lógica cuando se sostiene que es preferible desobedecer con el pretexto de conservar intacta la propia fe, de trabajar a su manera en la preservación de la Iglesia católica, negándole al mismo tiempo una obediencia efectiva. ¡Y se dice abiertamente! Se atreven a afirmar que el Concilio Vaticano II no es vinculante; que la fe estaría en peligro también por las reformas y orientaciones posconciliares, que existe el deber de desobedecer para conservar ciertas tradiciones. ¿Qué tradiciones? ¡Es este grupo, y no el Papa, ni el Colegio Episcopal, ni el Concilio Ecuménico, el que determina cuáles, entre las innumerables tradiciones, deben considerarse norma de fe! Como ven, venerables Hermanos nuestros, tal actitud se erige en juez de aquella voluntad divina, que ha puesto a Pedro y a sus legítimos Sucesores como Cabeza de la Iglesia para confirmar a los hermanos en la fe y apacentar el rebaño universal (cf. Lc 22, 32; Jn 21, 15 ss.), que lo ha constituido garante y custodio del depósito de la Fe.

Y esto es aún más grave, en particular, cuando se introduce la división precisamente allí donde nos congregó en uno el amor de Cristo, en la Liturgia y en el Sacrificio Eucarístico, rechazando la obediencia a las normas establecidas en materia litúrgica. Es en nombre de la Tradición que pedimos a todos nuestros hijos, a todas las comunidades católicas, que celebren con dignidad y fervor la Liturgia renovada. La adopción del nuevo «Ordo Missae» no queda, ciertamente, al arbitrio de los sacerdotes o de los fieles: y la Instrucción del 14 de junio de 1971 ha previsto la celebración de la Misa en la forma antigua, con autorización del ordinario, solo para sacerdotes ancianos o enfermos, que ofrecen el Divino Sacrificio sine populo. El nuevo Ordo fue promulgado para que reemplazara al antiguo, tras madura deliberación y en respuesta a las peticiones del Concilio Vaticano II. De manera similar, nuestro santo Predecesor Pío V había hecho obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, siguiendo al Concilio de Trento.

Exigimos la misma disposición, con la misma autoridad suprema que nos viene de Cristo Jesús, para todas las demás reformas litúrgicas, disciplinarias y pastorales maduradas en estos años en aplicación de los decretos conciliares. Toda iniciativa que pretenda obstaculizarlas no puede arrogarse el derecho de prestar un servicio a la Iglesia: de hecho, le causa grave daño.

En numerosas ocasiones, ya sea directamente o a través de nuestros colaboradores y otras personas allegadas, hemos llamado la atención de Monseñor Lefebvre sobre la gravedad de sus actitudes, la irregularidad de sus principales iniciativas actuales, la inconsistencia y frecuente falsedad de las posiciones doctrinales en las que basa dichas actitudes e iniciativas, así como el perjuicio que de ellas se deriva para toda la Iglesia.

Es con profunda amargura pero con esperanza paternal que nos dirigimos una vez más a este nuestro Hermano, a sus colaboradores y a aquellos que se han dejado arrastrar por ellos. Oh, ciertamente, creemos que muchos de estos fieles, al menos en un principio, actuaban de buena fe: comprendemos también su apego sentimental a formas habituales de culto o de disciplina que durante largo tiempo fueron para ellos sostén espiritual y en las cuales habían encontrado alimento para el alma. Pero confiamos en que sabrán reflexionar con serenidad, sin prejuicios, y querrán reconocer que hoy encontrarán el apoyo y el sustento que buscan, en las formas renovadas que el Concilio Ecuménico Vaticano II y Nosotros mismos hemos decretado como necesarias, para el bien de la Iglesia, su avance en el mundo contemporáneo, su unidad. Por ello, exhortamos una vez más a todos estos nuestros hermanos e hijos, les suplicamos que tomen conciencia de las profundas heridas que, de otro modo, causan a la Iglesia, y de nuevo los invitamos a reflexionar...

Es con profunda amargura pero con paternal esperanza que nos dirigimos una vez más a nuestro hermano Monseñor Marcel Lefebvre y a sus colaboradores; los invitamos a reflexionar sobre las graves advertencias de Cristo acerca de la unidad de la Iglesia (cf. Jn. 17, 21 ss.) y sobre la obediencia debida al legítimo Pastor que Él ha puesto al frente del rebaño universal, como signo de la obediencia debida al Padre y al Hijo (cf. Lc. 10, 16). Los esperamos con el corazón abierto, con los brazos dispuestos al abrazo: ¡que sepan encontrar en la humildad y la edificación, para alegría del Pueblo de Dios, el camino de la unidad y del amor!

b) Por otro lado, en la dirección ideológica opuesta pero igualmente motivo de profunda pena, están aquellos que, creyendo erróneamente seguir la línea del Concilio, han adoptado una postura de crítica preconcebida y a veces irreductible hacia la Iglesia y sus instituciones.

Por lo tanto, con la misma firmeza debemos decir que no admitimos la actitud:

- de cuántos se creen autorizados a crear su propia liturgia, limitando a veces el Sacrificio de la Misa o los sacramentos a la celebración de su propia vida o de su lucha, o al símbolo de su fraternidad; o practican abusivamente la intercomunión;

- de aquellos que minimizan la enseñanza doctrinal en la catequesis o la desvirtúan según los intereses, presiones o exigencias humanas, siguiendo tendencias que tergiversan profundamente el mensaje cristiano, como ya indicamos en la Exhortación Apostólica «Quinque iam anni», del 8 de diciembre de 1970, a los cinco años de la clausura del Concilio (cfr. AAS 63 (1971) 99);

- de cuántos fingen ignorar la Tradición viva de la Iglesia, desde los Padres hasta las enseñanzas del Magisterio, y reinterpretan la doctrina de la Iglesia, e incluso el mismo Evangelio, las realidades espirituales, la divinidad de Cristo, su resurrección o la Eucaristía, vaciándolas prácticamente de su contenido y creando así una nueva gnosis, introduciendo de algún modo en la Iglesia el «libre examen»; y esto es tanto más peligroso cuando se trata de quienes tienen la altísima y delicada misión de enseñar la Teología católica;

- de quienes reducen la función específica del ministerio sacerdotal;

- de cuántos dolorosamente transgreden las leyes de la Iglesia, o las exigencias éticas que ella proclama;

- de cuantos interpretan la vida teologal como una organización de la sociedad terrena, incluso la reducen a una acción política, adoptando para ello un espíritu, métodos y prácticas contrarios al Evangelio; y se llega a confundir el mensaje trascendente de Cristo, su anuncio del Reino de Dios, su ley de amor entre los hombres, fundamentada en la inefable paternidad de Dios, con ideologías que esencialmente niegan dicho mensaje sustituyéndolo por una postura doctrinal absolutamente antitética, defendiendo un híbrido matrimonio entre dos mundos irreconciliables, como reconocen incluso los teóricos del otro bando.

Cristianos así no son muy numerosos, es cierto, pero hacen mucho ruido, creyendo con demasiada facilidad que interpretan las necesidades de todo el pueblo cristiano o el sentido irreversible de la historia. No pueden, obrando así, invocar el Concilio Vaticano II, porque su interpretación y su aplicación no se prestan a abusos de ningún tipo; ni apelar a las exigencias del apostolado para acercar a los alejados o a los incrédulos: el verdadero apostolado es enviado por la Iglesia para dar testimonio de la doctrina y la vida de la misma Iglesia. La levadura debe difundirse por toda la masa, pero debe seguir siendo levadura evangélica. De lo contrario, también se corrompe con el mundo.

¡Venerables Hermanos Nuestros! Hemos querido confiaros estas reflexiones, conscientes de la hora que marca para la Iglesia. Ella es y será siempre el estandarte enarbolado entre las Naciones (Cfr. Is. 5, 26; 11, 12), porque tiene la misión de dar al mundo que la mira, a veces con aire de desafío, la verdad de esa fe que ilumina su destino, la esperanza que no defrauda (cf. Rom 5,5), y la caridad que lo salva del egoísmo que, bajo diversas formas, intenta invadirlo y asfixiarlo. No es ciertamente el momento del abandono, de la deserción, de las concesiones; ni mucho menos, el del miedo. Los cristianos están simplemente llamados a ser ellos mismos: y lo serán en la medida en que sean fieles a la Iglesia y al Concilio.

Nadie, pensamos, querrá dudar del conjunto de indicaciones y alientos que, durante estos años de nuestro Pontificado, hemos dado a los Pastores y al Pueblo de Dios, más aún, al mundo entero. Agradecemos a quienes han sistematizado tales enseñanzas, impartidas siempre con una viva esperanza y un sereno optimismo, sin dejar de lado el realismo concreto. Si hoy nos hemos detenido más en algunos aspectos negativos, es porque la singularidad de esta circunstancia y vuestra benevolente confianza nos lo han hecho considerar oportuno. En efecto, la esencia del carisma profético, por el cual el Señor nos ha prometido la asistencia de su Espíritu, consiste en velar, en advertir sobre los peligros, en escrutar los signos del alba en el horizonte oscuro de la noche. «¡Centinela, ¿qué ha habido esta noche? ¡Centinela, ¿qué ha habido esta noche?» nos pone en boca el profeta (Is. 21, 11). Mientras el alba serena devuelva la alegría al mundo, queremos seguir alzando nuestra voz por esa misión que nos ha sido encomendada. Vosotros, nuestros amigos y colaboradores más cercanos, podéis ser, antes que nadie y mejor que nadie, su eco entre tantos hermanos e hijos nuestros. Y al disponernos a celebrar al Señor que, con los signos de la pasión y la gloriosa resurrección, asciende a la diestra del Padre, debemos, contemplando los *caelos apertos* (Hch 7,56), permanecer llenos de esperanza, de gozo y de valentía. ¡In Nomine Domini! En este santo nombre os bendecimos a todos.

Ahora nos complace enumerar a los distintos Prelados, que por sus méritos hemos considerado dignos de ser llamados a formar parte, en este Consistorio, del muy digno Colegio Cardenalicio.

Son ellos: Octavio Antonio Beras Rojas, Arzobispo de Santo Domingo; Opilio Rossi, Arzobispo titular de Ancira y Nuncio Apostólico en Austria; Giuseppe Maria Sensi, Arzobispo titular de Sardes y Nuncio Apostólico en Portugal; Juan Carlos Aramburu, Arzobispo de Buenos Aires; Corrado Bafile, Arzobispo titular de Antioquía de Pisidia y Pro-Prefecto de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos; Hyacinthe Thiandoum, Arzobispo de Dakar; Emmanuel Nsubuga, Arzobispo de Kampala; Joseph Schroffer, Arzobispo titular de Volturno y Secretario de la Sagrada Congregación para la Educación Católica; Lawrence Trevor Picachy, Arzobispo de Calcuta; Jaime L. Sin, Arzobispo de Manila; William Wakefield Baum, Arzobispo de Washington; Aloísio Lorscheider, Arzobispo de Fortaleza; Reginald John Delargey, Arzobispo de Wellington; Eduardo Pironio, Arzobispo titular de Tiges y Pro-Prefecto de la Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares; László Lékai, Arzobispo de Esztergom; Basil Hume, Arzobispo de Westminster; Victor Razafimahatratra, Arzobispo de Tananarive; Boleslaw Filipiak, Arzobispo titular de Plestia; Dominic Ekandem, Obispo de Ikot Ekpene.

Además, en cuanto a los dos Cardenales que habíamos reservado in pectore, ahora hacemos público el nombre de uno de ellos: se trata de Monseñor Giuseppe Maria Trin-nhu-Khue, Arzobispo de Hanói, quien llegó a Roma apenas ayer. No obstante, mantenemos en reserva el segundo nombre, que será revelado cuando lo consideremos oportuno.

Por tanto, por la autoridad de Dios Todopoderoso, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, creamos y nombramos solemnemente Cardenales de la Santa Iglesia Romana a los Prelados que acabamos de mencionar.

De estos Cardenales, los siguientes pertenecerán al orden de los Diáconos: Opilio Rossi, Giuseppe Maria Sensi, Corrado Bafile, Giuseppe Schröffer, Eduardo Pironio, Boleslao Filipiak.

Los demás pertenecerán al orden de los Presbíteros.

Con las necesarias y oportunas dispensas, excepciones y cláusulas. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


Appendix V: All the faith, nothing but the faith: excerpt from a note sent to the parents of some students.

The theological virtue of Faith by an anonymous master from Umbria (c. 1500). By Fr. Hervé Belmont […] For, after all, we must not turn a bl...