martes, 16 de junio de 2026

Una nueva divinidad: la necesidad

Salomón sacrificando a los ídolos por Jacques Stella (1647).


Habría que estar sordo y ciego para ignorar la existencia de una campaña activa —hecha de escritos y de videos ampliamente difundidos— destinada a justificar las consagraciones episcopales que la Fraternidad San Pío X se apresta a perpetrar, o mejor dicho, a perpetuar. 

La palabra, que regresa en cada frase o en cada fase de la exposición, suena como una palabra mágica ante la cual toda inteligencia debe inclinarse y dejar de funcionar: la necesidad. Como esta palabra es objeto de fervientes incantaciones (favorecidas por lo difuso de sus contornos), y como la ley divina mejor establecida debe ceder ante su presencia, se puede con pleno derecho calificar aquello que esta palabra designa como una divinidad, uno de esos ídolos a los que el propio Salomón, a pesar de su profunda sabiduría inicial, terminó por rendir un culto mortífero.

Un listillo ha querido mimar a esta divinidad, calificándola de "estado de necesidad no desmentido". Tal vez ha querido dar consistencia a lo que ella carece cruelmente; tal vez ha querido extraviar al observador casual para cegarlo mejor. Sea como fuere, ante la ausencia de mención de alguna fuente de la cual pudiera provenir una impugnación, este calificativo no es más que un paño caliente.

Antes de abordar la naturaleza y las consecuencias de la necesidad, es saludable remitirse a la Sagrada Escritura, al único pasaje (que yo sepa) donde se relata cómo la necesidad, sirviendo de pretexto para la usurpación de un oficio divino, es una calamidad. Se trata del pecado de Saúl y de su subsecuente caída.

I Reg. xiii, 5-14 Los filisteos se juntaron también para pelear contra Israel; tenían treinta mil carros, seis mil caballos y una cantidad de soldados de a pie tan numerosa como la arena que está a la orilla del mar. Y vinieron a acampar en Micmas, al oriente de Bet-avén. Los israelitas, viendo que estaban en un aprieto (porque el pueblo estaba todo abatido), fueron a esconderse en las cavernas, en los lugares más secretos, en las rocas, en las grutas y en las cisternas. Los otros hebreos pasaron el Jordán y vinieron a la tierra de Gad y de Galaad. Saúl estaba todavía en Gilgal; pero todo el pueblo que lo seguía estaba lleno de terror. Esperó siete días, según el tiempo que Samuel había señalado. Sin embargo, Samuel no venía a Gilgal; y poco a poco todo el pueblo abandonaba al rey.

Saúl dijo entonces: "Traedme el holocausto y los sacrificios pacíficos". Y ofreció el holocausto. Cuando terminaba de ofrecer el holocausto, llegó Samuel. Y Saúl salió a su encuentro para saludarle. Samuel de dijo: "¿Qué has hecho?" Saúl le respondió: "Viendo que el pueblo me dejaba uno tras otro, que tú no habías venido en el día que habías dicho, y que los filisteos se habían juntado en Micmas, me dije a mí mismo: Los filisteos van a venir a atacarme a Gilgal, y yo no he aplacado aún al Señor. Viéndome, pues, obligado por esta necesidad, ofrecí el holocausto".

Samuel dijo a Saúl: "Stulte egisti," has actuado locamente, y no has observado las órdenes que el Señor tu Dios te había dado. Si no hubieras cometido esta falta, el Señor habría afianzado ahora para siempre tu reino sobre Israel; pero tu reino no subsistirá en el futuro. El Señor se ha buscado un hombre según su corazón, y le ha mandado ser el jefe de su pueblo, porque tú no has observado lo que Él te ordenó.

La caída de Saúl fue espantosa. Él, que había comenzado como un joven dotado de todas las cualidades y elegido por Dios para reinar con esplendor sobre Israel, terminó su vida con un verdadero suicidio en forma de eutanasia reclamada y exigida.

Se dice necesario aquello que no puede no ser. Necesario se opone entonces a contingente, que designa aquello que puede (o habría podido) no ser.

Solo Dios es absolutamente necesario, necesario en Sí mismo: Dios no puede no existir (lo que la razón puede demostrar); no puede no ser trino, un solo Dios en tres personas (lo que la razón no puede conocer ni demostrar, y que no nos es conocido sino por la Revelación divina y la fe). Esta necesidad absoluta de Dios es una necessitas in substantia.

Las otras necesidades son necesidades relativas:

  • O bien para ser tal cosa: necessitas ad substantiam. Así, para ser un triángulo, es necesario que una figura geométrica tenga tres lados y no más.

  • O bien para alcanzar tal fin: necessitas ad finem. Así, para ir al Cielo, es necesario estar en estado de gracia en el instante de la muerte.

Cuando se habla de una acción humana, se distingue en la práctica la necesidad de coacción —necessitas coactionis— y la necesidad de fin —necessitas finis (v. g. Ia-IIae, q. i, a. 6, ad 3).

La necesidad no podría por sí misma justificar la transgresión de una ley divina: no solo la de una ley inscrita en la naturaleza de las cosas (natural o sobrenatural), sino también la de una ley simplemente positiva, dependiente de la sola voluntad de Dios, y por tanto contingente. De ello da testimonio la asombrosa historia de Uza (II Reg. vi, 5-8):

Mientras tanto, David y todo Israel bailaban ante el Señor con toda clase de instrumentos de música: arpas, liras, panderos, sistros y címbalos. Pero cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió la mano hacia el arca de Dios y la sostuvo, porque los bueyes tropezaban y la habían hecho inclinar. Entonces la ira del Señor se encendió contra Uza, y lo hirió de muerte allí mismo a causa de su osadía; y Uza cayó muerto en el sitio, delante del arca de Dios. David se entristeció de que el Señor hubiera herido a Uza; y aquel lugar fue llamado: la Herida de Uza, nombre que conserva todavía hoy.

Una analogía es invocada aquí o allá a título de argumento, la cual es, sin embargo, inepta para conducir a una conclusión: Cuando los bomberos intervienen para apagar un incendio o salvar heridos, pueden eximirse de las normas de prioridad y de los límites de velocidad: la necesidad los dispensa de ello. "Ipsa necessitas dispensationem habet annexam", añaden algunos pasándose por listos citando a Santo Tomás de Aquino (Ia-IIae, q. xcvi, a. 6), no obstante omitiendo cuidadosamente precisar que el artículo citado trata de la ley humana, y que no se puede, por tanto, aplicarse a la ley divina. Y aun así, no toda ley humana admite la dispensa: los bomberos no pueden meterse en la autopista en sentido contrario.

Pero, más aún que de necesidad, se nos habla de "estado de necesidad", sin definirlo con precisión alguna. Esta noción es mucho más maleable que la de necesidad a secas, y poco apta para ocupar un lugar en un razonamiento riguroso: de ahí su éxito.

Ciertamente, no se puede negar que hay una necesidad flagrante en los miembros de la Santa Iglesia en materia de conocimiento de la santa doctrina y en materia de acceso a los sacramentos. No se puede negar que hay urgencia porque la vida es corta y las almas, al tiempo que avanzan hacia la eternidad, deben cada día perseverar y crecer en la gracia de Dios. Este estado de necesidad que se invoca está, por tanto, hecho de necesidad y de urgencia.

Pero por apremiante que sea, no puede hacer que se ignoren o se desprecien necesidades más verdaderas y urgencias más fundamentales. Lo más necesario para cada hombre que vive en este mundo es pertenecer a la Santa Iglesia Católica, porque no hay salvación fuera de ella. El pertenecer a ella, y la fidelidad que ello debe suscitar, exige no restar nada a la integridad de la fe y no atentar en nada contra la unidad de esta Iglesia.

La Iglesia Católica, Cuerpo Místico de Jesucristo, recibió y recibe en cada instante de su fundador una constitución inmutable, colocada por encima de las leyes, algunas de las cuales (únicamente las leyes positivas) están sin embargo influenciadas en su aplicación por la contingencia en la que transcurre su vida. 

Jesucristo reclama para Sí mismo esta Constitución: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia"; la reclama como inmutable e indefectible: "Y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella"; la reclama como siendo Su obra de cada instante: "He aquí que Yo estoy con vosotros todos los días"; la reclama como fundada sobre Pedro, único soporte del orden jerárquico que es el cumplimiento de su unidad a través de todos los tiempos y en el instante presente.

La intangibilidad de la Constitución de la Santa Iglesia es una enseñanza recurrente —puesto que es capital— del magisterio pontificio. Respetarla es necesario, imperativo y saludable. Cada uno debe regular su vida según esta Constitución de la Iglesia que no está en el poder de ningún hombre cambiar (León XIII, Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890).

"Lo que exponen las encíclicas de los Pontífices Romanos sobre el carácter y la Constitución de la Iglesia es, de manera habitual y deliberada, descuidado por algunos con el fin muy preciso de hacer prevalecer una noción vaga que nos dicen extraída de los antiguos Padres y sobre todo de los griegos. A decir de ellos, los Pontífices, en efecto, jamás tendrían la intención de pronunciarse sobre las cuestiones debatidas entre teólogos; por lo tanto, se impone a todos el deber de regresar a las fuentes primitivas y también de explicar las constituciones y decretos más recientes del magisterio según los textos de los antiguos" (Pío XII, Humani generis, 12 de agosto de 1950).

"También descartarán esta manera peligrosa de expresarse que daría lugar a opiniones erróneas y a esperanzas falaces que nunca podrán realizarse, diciendo por ejemplo que la enseñanza de los soberanos Pontífices, en las encíclicas sobre el retorno de los disidentes a la Iglesia, sobre la Constitución de la Iglesia, sobre el Cuerpo Místico de Cristo, no debe ser tan tomada en consideración puesto que no todo es de fe —o lo que es peor aún— que en las materias dogmáticas, incluso la Iglesia Católica no posee la plenitud de Cristo, sino que puede ser perfeccionada por las otras iglesias. (...)

La doctrina católica debe, por consiguiente, ser propuesta y expuesta total e íntegramente; no hay que pasar bajo silencio o velar con términos ambiguos lo que la verdad católica enseña sobre la verdadera naturaleza y las etapas de la justificación, sobre la Constitución de la Iglesia, sobre la primacía de jurisdicción del Pontífice Romano, sobre la única verdadera unión por el retorno de los cristianos a la única verdadera Iglesia de Cristo. Se les podrá sin duda decir que al regresar a la Iglesia no perderán nada del bien que, por la gracia de Dios, se ha realizado en ellos hasta el presente, pero que por su retorno este bien será solamente completado y llevado a su perfección. Se evitará, sin embargo, hablar sobre este punto de una manera tal que, al regresar a la Iglesia, imaginen aportar a esta un elemento esencial que le habría faltado hasta aquí. Hay que decirles estas cosas claramente y sin ambigüedad, primero porque buscan la verdad, y luego porque fuera de la verdad nunca podrá haber una unión verdadera" (Instrucción del Santo Oficio [Pío XII], 20 de diciembre de 1949).

Ninguna circunstancia, ningún estado de necesidad puede prevalecer contra esta Constitución propiamente divina. Y como, según enseña el Papa León XIII, "el orden episcopal forma parte necesariamente de la constitución íntima de la Iglesia" (Satis cognitum, 29 de junio de 1896, § 25), toda usurpación de una consagración episcopal es "un atentado contra la unidad de la Iglesia" (cf. Pío XII, Ad Apostolorum Principis, 29 de junio de 1958, § 25). Dicho de otro modo, en el principio mismo y cualesquiera que sean las circunstancias, la ausencia de mandato produce en la Iglesia los mismos efectos que el cisma.

A menos que se profese implícitamente que la necesidad es una especie de divinidad, y que el estado de necesidad que de ella emana suplanta la Constitución de la Iglesia Católica y amordaza a Jesucristo, el Verbo Eterno de Dios, nada justifica la usurpación del episcopado.

Y por lo demás, al alegar un estado de necesidad para recurrir a obispos cuyo episcopado es cismático, ¿qué se procura en definitiva?

¿La perennidad de la Iglesia? Semejante obra está totalmente fuera del alcance de los hombres; es una obra propiamente divina prometida por Jesús Cristo y divinamente garantizada. En la vida cristiana, esta es la cosa por la que menos debemos preocuparnos.

¿El bien de las almas? Hay ahí una buena dosis de ilusión. "Es evidente", dice Pío XII, "que no se provee en absoluto a las necesidades espirituales de los fieles violando las leyes de la Iglesia" (Ad Apostolorum Principis, 29 de junio de 1958, § 31).

¿Una ilusión cuyos efectos desastrosos terminarán por dominar? Esto es de temer encarecidamente, aunque sea porque se vería uno en la necesidad de consentir una ocultación o una distorsión de todo un sector de la doctrina de la fe.

Junio de 2026. Suplemento al n.° 434 del boletín Notre-Dame de la Sainte-Espérance.

3, allée de la Solitude, 33490 Saint-Maixant.

Redacción: P. Hervé Belmont

(Este trabajo ha sido traducido del francés original y publicado con el generoso permiso de su autor, el Padre Hervé Belmont. - Nota de Non Excidet)

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